La construcción con tierra en tiempos de biofabricación

Julieta Barada

jueves, 25 de junio de 2026  |   

De las persistentes dicotomías modernas a las correspondencias materiales. 


La disputa sobre los sentidos del proyecto moderno constituido sobre la base de un discurso unilineal forma parte hace ya varias décadas de las discusiones y experiencias en el campo arquitectónico disciplinar a escala global y, particularmente, en Latinoamérica. La concepción de la modernidad como operación radical de ruptura con el pasado basó su efectividad en el establecimiento de un sistema clasificatorio que procuró ordenar al mundo desde la oposición: lo natural y lo cultural, la tradición y el progreso, lo colectivo y lo individual, han sido pares concebidos como dicotomías, pilares de un pensamiento iluminista cuyos principios encuentran materialidad en la arquitectura racionalista. Tan poderosa ha sido esta construcción que, en efecto, muchas de las propias críticas e intentos por desarmar el dispositivo moderno se basan, mayoritaria y paradójicamente, en las mismas dicotomías, tomadas ahora como “problema” a solucionarse desde una toma de posición opuesta. Naturaleza, tradición, comunidad aparecen como conceptos autoexplicativos y en cierto modo totalizantes en su significación, efecto de lo que Walter Mignolo (2003) denominaría la cara oculta de la modernidad, su colonialidad

Desde la década de 1980, la sustentabilidad emergió en las agendas internacionales como un factor a ser considerado en el campo del hábitat, con aportes muy significativos sobre la necesidad de repensar la relación entre los objetos construidos y sus entornos. La crisis ambiental reinante, indiscutible en este siglo XXI, potencia el rol de la materialidad como un problema que sacude al campo arquitectónico y urbano. Es aquí donde las dicotomías entran en escena. La noción de “naturaleza” emerge como aparente alternativa ante la artificialidad de los dispositivos racionalistas. Categorías como “arquitectura natural” o “materiales naturales” se constituyen como pilares para un aparente desplazamiento espaciotemporal del ser humano (moderno): del cemento a la tierra, del futuro al pasado, en una disputa con el pensamiento iluminista del siglo XIX que se encargó, en cierto modo, de “romper” esos aparentes lazos vitales para concebir la naturaleza como parte sustancial de un sistema clasificatorio. 

La naturaleza, considerada racionalmente, es decir, sometida en nuestro pensamiento a la unidad del enunciado, es la unidad en la diversidad de los fenómenos, la armonía entre las cosas creadas, diferentes por su forma, por su constitución propia y por las fuerzas que las animan; es el Todo () animado por un soplo de vida.
—Humboldt (2011 [1845]). 

Esta referencia a Humboldt y su descubrimiento (¿invención?) del sentido occidental del término permite poner de relieve su doble cara, operando en las dicotomías del llamado pensamiento moderno en disputa. Por un lado, la “unidad del enunciado” establece el límite, define el control, la clasificación, de aquello “desconocido” considerado por fuera de lo cultural humano; por el otro, los sentidos sobre la “armonía” y la “diversidad” admiradas se constituyen como bases para el devenir de la naturaleza desde una mirada romántica, y persistentemente ajena. La naturaleza concebida como un lugar y un tiempo, en el que ya no habitamos, pero al que eventualmente se debe retornar. A partir de expresiones como “la vuelta a la naturaleza”, se propone ese movimiento de manera explícita, en una clave casi expedicionaria, al encuentro del cobijo primitivo que trae a la memoria la imagen de la cabaña ilustrada por Laugier a mediados del siglo XVIII. 

En este marco es que tradición y progreso, otro par dicotómico fundante del proyecto moderno, intervienen en la construcción de ese aparente espacio-tiempo lejano, tal que la idea de la tradición es atemporal, ajena a la historización, construida desde la misma objetualidad moderna como aquello que debemos rechazar, o, por el contrario, ir a buscar, a un cierto lugar del pasado. 

Trayectorias desde la tierra
Los sistemas constructivos con tierra tienen una amplia presencia histórica y espacial en la escala global (Houben y Guillard, 1994), pero especialmente en América, con una fuerte presencia en el área andina desde tiempos prehispánicos (Viñuales, 1991) y con una significativa actualidad. La relación de estas técnicas con los diferentes grupos sociales que las producen y sostienen debe entenderse desde la comprensión de la arquitectura desde sus procesos de producción, considerando el universo de saberes y prácticas que contribuyen a su definición como tal. Esto involucra desde las concepciones sobre el ambiente hasta las elecciones técnicas, entendidas como resoluciones tecnológicas socialmente definidas. El adobe, el tapial y la quincha poseen trayectorias históricas complejas en el contexto americano y argentino, que no pueden concebirse por fuera del proyecto moderno, tal que han estado fuertemente atravesadas por su despliegue.

Lejos de pensar en ese pasado prístino, más o menos construido como parte del mismo mito de la modernidad (Quijano, 2014), no es exagerado decir que hace menos de 200 años, este territorio que hoy conocemos como Argentina estaba, básicamente, construido con tierra. En efecto, el primer Censo Nacional de Población y Vivienda de 1869 registró el uso del adobe, la paja y el barro como materiales constructivos presentes en el 71% de las viviendas existentes en la totalidad del entonces territorio argentino, y que, en el mismo año, para la ciudad de Buenos Aires se registraron 45.843 viviendas de barro y paja, sobre un total de 78.608. El relevamiento de estos datos no es casual, puesto que, en línea con el evolucionismo de la época, las características materiales de las viviendas eran relacionadas directamente con el grado de progreso (y entonces, “civilización”) de los grupos sociales. Las políticas públicas, en este marco, desplegaron diferentes dispositivos para la erradicación de la tierra como material de construcción con significativa efectividad, particularmente en los centros urbanos, de manera tal que ya para finales del siglo el registro de viviendas de barro en Buenos Aires pasó del 58% a ser tan solo el 0,3%, de acuerdo con el censo de 1895. A nivel país, para mediados del siglo XX, en 1947, se registró una baja significativa de la presencia de la tierra en las construcciones, 15% del total, aunque su lectura no es pareja, tal que, en provincias como San Juan, Mendoza, La Rioja, Catamarca o Jujuy, este porcentaje se sostenía en torno al 60/70%, considerando tanto áreas urbanas como rurales. 


Fotografía de Cristiano Junior, de una construcción de tierra, con la técnica de chorizo, en el Buenos Aires de finales del siglo XIX.

En relación con la incidencia actual, el último Censo Nacional de Población y Vivienda que registró el material utilizado en muros fue el del 2001, con una presencia del adobe en el total del país de algo menos del 3%, aunque, en provincias como Jujuy, asciende al 15% e inclusive, si afinamos más la lectura y consideramos los departamentos correspondientes al área andina, es decir, la Quebrada de Humahuaca y la Puna, esta presencia se vuelve predominante, alcanzando un 80%. Al mismo tiempo, es importante considerar en el marco de esta trayectoria que las primeras declaratorias de Monumentos Históricos Nacionales, luego de la creación de la Comisión Nacional en 1938, tuvieron una alta incidencia de arquitecturas construidas con tierra. Tal como relevaron Herr y Rolón (2018), de un total de 122 Monumentos Históricos Nacionales declarados hasta 1946, 55 estaban construidos con técnicas con tierra, en un contexto para el cual las declaratorias estuvieron motivadas por la búsqueda de una cierta identidad arquitectónica nacional en el pasado colonial antes denostado, en el marco del eclecticismo europeizante que caracterizó a las décadas precedentes. 

Una mirada analítica sobre esta historización requiere retomar el concepto de culturas constructivas para comprender a las técnicas de un modo dinámico y en interacción con diferentes escalas en la construcción social y material. Las transformaciones en las técnicas y su uso, particularmente del adobe, no escapan a los mismos procesos clasificatorios del mito moderno, en sus dos caras. Por un lado, la estigmatización de las técnicas asociadas a la precariedad constructiva e higiene fue motor y materia para aquel proceso “civilizatorio” basado en la urbanización. El sismo de San Juan de 1944 sumó otro conjunto de mitificaciones en torno al adobe y su aparente debilidad estructural (Healey, 2009), con un nuevo impulso de fe en el hormigón armado como material totalizador, que se utilizó incluso como estructura de refuerzo en arquitecturas patrimoniales, avalado por los principios de la Carta de Atenas de 1931. Al mismo tiempo, y como la otra “cara de la moneda”, una mirada romántica e incluso nostálgica observaba en las construcciones con tierra una relación hombre-naturaleza que la modernidad había echado a perder. Estas perspectivas, constituidas en la misma década de 1940, de la mano de un creciente interés por el patrimonio, estuvieron presentes en las publicaciones de Villalonga desde la Academia Nacional de Bellas Artes (1942). La valoración estaba basada, justamente, en la concepción de las producciones arquitectónicas casi como “emergentes” de la propia naturaleza, solo mediadas por la acción de un hombre “primitivo” (Tomasi y Barada, 2021). 


Fotografía de Hans Mann, publicada en los Documentos de Arte Argentino (Cuaderno 2bis), del pueblo de Santa Victoria, provincia de Jujuy, en la década de 1940.

El valor de estos aportes, sostenidos por la labor de arquitectos de la talla de Schenone, Iglesia y, posteriormente, Nicolini, a un campo de interés académico profesional de altísimo nivel en Argentina y en Latinoamérica, es invaluable en la capacidad de registro, aun cuando el asombro y la lectura algo esteticista propia de la época hayan ido formando parte de progresivas revisiones críticas. Aun así, aquellas miradas que parecieran alejadas en el tiempo vuelven de manera persistente (y a veces no tan evidente) en los discursos actuales sobre las arquitecturas con tierra, y se constituyen como base para muchos proyectos, en particular aquellos asociados a la actividad turística como una estrategia de escape ante el agobio moderno. ¿Pero acaso la trayectoria de la construcción con tierra no ha formado parte de ese mismo agobio? ¿Qué ocurre si rompemos la dicotomía, si pensamos a la tradición como parte del problema y no como una solución establecida? Pensarla como proceso de transmisión en el tiempo, no solo de objetos, sino de sentidos y prácticas que se reactúan, que se disputan y que están necesariamente atravesados por el conflicto (Scott, 1999). En otras palabras, se trata de un proceso activo de construcción de sentido en el marco de una pertenencia histórica y presente, que se proyecta en el futuro, en lugar de anclarse en el pasado (Tomasi, 2026). 

Dicotomías o correspondencias en el rol profesional
En la actualidad, existe un campo prolífico, plural y sumamente interesante de arquitecturas y acciones disciplinares que utilizan a la tierra como material de construcción en el marco de sistemas constructivos y resoluciones técnicas innovadoras cuya historicidad, sin embargo, debiera ser hallada en estas culturas constructivas locales. Los desafíos son muchos y amplios. En este contexto, la Red Protierra Argentina →, con ya más de 20 años de historia, se constituye como una estrategia para, desde lo colectivo, intervenir sobre el último par dicotómico y la primacía de lo individual. En su conformación, además de una estructura federal, se encuentran involucrados profesionales del campo de la arquitectura, la construcción y la investigación, a la vez que forman parte también constructores y constructoras que producen obra y sentido desde distintos territorios. 


La combinación de quincha y adobe en los proyectos privados recientes en la Quebrada de Humahuaca.

Desde esta multiplicidad, el rol disciplinar es lo que está en cuestión para, finalmente, hacernos cargo de nuestra trayectoria en la construcción de una mirada “externa”. En otras palabras, se trata de soltar la noción de la naturaleza como una entidad abstracta y ajena, y adentrarnos en las múltiples formas en que los seres humanos nos vinculamos con la materia y el territorio. No hay descubrimiento, no hay desplazamiento, no hay pasado versus contemporaneidad. Hay historicidad. 

Trabajar con materiales clasificados desde la propia industria como “naturales”, incorporarlos a procesos de fabricación más empáticos con el ambiente y con su sostenibilidad, no es ir a “buscarlos a la naturaleza”, sino comprenderlos en sus propios procesos de producción previa; nuevamente, en su historicidad. La textura del barro o la calidad de una fibra involucran un conjunto de procesos de selección y de conocimiento que se expresa en un saber corporalizado, una práctica técnica en cuyo hacer operan procesos de iteración (Tomasi y Barada, 2026). No se trata entonces de tomar lo que allí “está dado”, sino de incorporarse en movimiento a redes aún más amplias. Quien proyecta ya no actúa sobre los materiales, sino con ellos. En términos de Tim Ingold (2013), en pura correspondencia

En este marco es que tenemos entre manos la oportunidad de potenciar, desde las instituciones, las redes y el ejercicio profesional, una arquitectura que no dispute dicotomías ya vetustas, sino que las trascienda. Una práctica que encuentre nuevos marcos de referencia y que, lejos de la inercia disciplinar de continuar dictando desde afuera “el cómo hacer”, sea capaz de reconocer e integrarse a un saber hacer situado y preexistente. Aprender de otros, reconocernos parte de una historicidad. Una arquitectura que procure, más que abrirse un lugar en el mundo, ser parte de él. 


Producción de adobes actual en el pueblo de Yavi, provincia de Jujuy, para trabajos de restauración en la Casa del Marqués, uno de los Monumentos Históricos Nacionales de la provincia.


Bibliografía
Mignolo, W. (2003). Historias locales/diseños globales: Colonialidad, conocimientos subalternos y pensamiento fronterizo. Madrid: Ediciones Akal.
Healey, M. (2009). The “Superstition of Adobe” and the Certainty of Concrete. Shelter and Power after the 1944 San Juan Earthquake in Argentina. En J. Buchenau y L. Johnson (eds.), Aftershocks: Earthquakes and Popular Politics in Latin America (pp. 100-128). Alburquerque: University of New Mexico Press.
Herr C. y Rolón, G. (2018). Registro documental e intervención patrimonial en la arquitectura religiosa de la provincia de Jujuy. Criterios implementados por la Comisión Nacional de Museos, de Monumentos y Lugares Históricos (CNMMYLH) durante el período 1938-1946. Anales del Instituto de Arte Americano, 48(1), 31-45.
Houben, H. y Guillaud, H. (1994). Earth Construction: A Comprehensive Guide. Londres: Intermediate Technology Publications.
Humboldt, A. von. (2011 [1845]). Cosmos: Ensayo de una descripción física del mundo. Madrid: Ediciones CSIC/La Catarata. 
Ingold, T. (2013). Making. Anthropology, Archaeology, Art and Architecture. Abingdon: Routledge.
Quijano, A. (2014). Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En Cuestiones y horizontes: de la dependencia histórico-estructural a la colonialidad/descolonialidad del poder. Buenos Aires: CLACSO.
Scott, D. (1999). Refashioning futures. Criticism after postcoloniality. Princeton: Princeton University Press.
Tomasi, J. y Barada, J. (2026) Embodied documentation. An approach to making on earthen heritage in northern Argentina. En Zhao, W. y Williams, J. (eds.), Documenting the Built Environment in the Digital Age: Between Human and Machine Learning. En prensa. 
Tomasi, J. (2026). Tradición. En Barada, J., Cejas, N., Garay, S. y J. Tomasi (comps.), Glosario del hábitat rural. Senderos entre conceptos clave. En prensa. 
Tomasi, J. y J. Barada (2021). Alteridades persistentes. Las construcciones sobre las otredades arquitectónicas en el noroeste argentino, Anales del Instituto de Arte Americano, 51(2), pp 1-7.
Viñuales, G. (1991). La arquitectura en tierra en la región andina, Anales del Instituto de Arte Americano, 27-28.
Villalonga, A. (1942). Ramificaciones del camino de la Quebrada de Humahuaca y de camino de los Incas. Cuaderno I bis. Documentos de Arte Argentino. Buenos Aires: Publicaciones de la Academia Nacional de Bellas Artes. 

 

 

Notas Relacionadas

Descubrí otros artículos relacionados: