Infraestructura verde a través del renacimiento de la sabiduría antigua

Kongjian Yu, Turenscape

jueves, 17 de noviembre de 2022  |   

Este ensayo[1] sostiene que las infraestructuras grises de acero y hormigón, que construimos para conectar nuestro mundo físico, son construcciones superficiales o incluso falsas que están destruyendo las conexiones reales y profundas entre los seres humanos y la naturaleza, y entre diversos procesos y flujos naturales. La alternativa es la infraestructura verde, o ecológica, cuya construcción puede inspirarse en las antiguas sabidurías campesinas. Durante los últimos veinte años, en Turenscape se ha intentado revivir algunas de esas sabidurías y combinarlas con ciencias y tecnologías modernas para resolver algunos de los problemas más molestos del entorno urbano actual, especialmente en relación con el agua. Las soluciones son sencillas, de bajo costo y bellas, y se han aplicado a gran escala en más de doscientas ciudades de China y otros países.

 

Infraestructura gris y conexiones rotas
Algunas personas podrían pensar que nuestro mundo, a través de las infraestructuras que construimos, está más conectado que nunca, digital y físicamente: por un lado, tenemos Facebook y WeChat  y, por el otro, carreteras y oleoductos por todas partes. Lo cierto es que sucede lo contrario. Estamos más desconectados que nunca de las comunidades a las que pertenecemos y nos hemos alejado de nuestros vecinos y de las personas que amamos.

Físicamente, hay una interconexión visible en los paisajes que habitamos: hay autopistas que conectan asentamientos urbanos y rurales; líneas eléctricas que transportan energía y conectan las centrales eléctricas con las familias; tuberías que drenan aguas residuales y conectan nuestros inodoros con plantas de tratamiento de aguas servidas; acueductos que transportan agua potable y conectan los embalses con nuestras cocinas; líneas aéreas que transportan alimentos y conectan las granjas del hemisferio sur con las heladeras del norte; camiones que transportan fertilizantes y herbicidas por las carreteras y conectan las fábricas de las ciudades del este con los campesinos que trabajan los arrozales en el oeste montañoso. Hemos creado un mundo conectado, pero esas conexiones son falsas: la matriz del paisaje y sus procesos invisibles están fragmentados y desconectados. El movimiento y los ciclos del agua, los nutrientes, los alimentos, la energía, las especies y las personas están rotos. La relación de interconexión entre el aire, el agua, el suelo, los nutrientes, las especies y las personas está siendo interrumpida, y de una forma perjudicial, como nunca antes.

Les doy un ejemplo relacionado con el agua. Más del 75% de las aguas superficiales de China están contaminadas, el 50% de las más de 660 ciudades chinas sufren inundaciones y desbordamientos urbanos, y más del 60% de las ciudades chinas no cuentan con suficiente agua para beber y para otros usos. El nivel freático de la llanura del norte de China desciende más de un metro cada año, y se ha perdido más del 50% de los hábitats de los humedales en los últimos cincuenta años. Todos estos problemas relacionados con el ciclo del agua que afectan a nuestras ciudades y a nuestros paisajes están, de hecho, interconectados, pero las soluciones de infraestructura convencionales diseñadas para resolverlos son fragmentadas y aisladas y tienen un enfoque muy acotado. Construimos plantas de tratamiento de aguas para eliminar los nutrientes que podrían utilizarse en los fertilizantes para la agricultura. Se gastan miles de millones de dólares al año en la construcción de diques, presas y tuberías de hormigón para controlar inundaciones y aguas pluviales, pero estas estructuras a la larga producen sequías más intensas, disminución de los niveles de agua subterránea y pérdida de hábitats. Un acueducto de mil millas construido para desviar el agua del sur al norte de China causó graves daños al ecosistema de los tramos inferior y medio del río Yangtzé. Los jardines y paisajes ornamentales, así como los campos agrícolas, se fertilizan en exceso, y todos esos nutrientes terminan en el sistema hídrico y contaminan lagos y ríos. De nuevo, la solución convencional tiene un enfoque acotado: construir costosas plantas de tratamiento de aguas que necesitan enormes cantidades de energía (principalmente de la quema de carbón) para funcionar, lo que a su vez genera más contaminación atmosférica.

Una solución alternativa podría ser la construcción de infraestructuras verdes, o ecológicas, que crean una conexión profunda y verdadera entre el hombre y la naturaleza, y entre diversos procesos y flujos naturales.

La antigua sabiduría campesina
Las conexiones entre los campesinos y sus tierras de cultivo ilustran la interdependencia atemporal entre la cultura humana y la naturaleza. Una alternativa para reconstruir las profundas conexiones entre los seres humanos y la naturaleza y entre los diversos procesos naturales proviene de la sabiduría campesina: para preparar el campo, regar, fertilizar, cultivar y cosechar, actividades que han transformado los paisajes a gran escala y han sostenido a la humanidad durante miles de años.

Una categoría de la sabiduría campesina es la preparación de los campos mediante el corte y el relleno. El enfoque del campesino de cortar y rellenar engloba una acción integral: los movimientos de tierra creados para la agricultura se producen en el lugar, con un costo mínimo de mano de obra y un transporte mínimo de material desde o hacia el lugar. Por lo tanto, tiene un impacto mínimo en los procesos y patrones naturales de la región. Esta táctica ha sido aplicada por campesinos de casi todo el mundo como forma de transformar en paisajes productivos y habitables entornos que de otro modo serían inadecuados.

La segunda categoría de la antigua sabiduría campesina reside en la gestión del agua y la irrigación de los campos. Los métodos modernos de irrigación utilizados tanto en la agricultura como en el paisajismo están representados por un sistema de tuberías y bombas casi invisible que no tiene relación con el terreno circundante ni con los recursos hídricos disponibles. La visión campesina de la irrigación está profundamente arraigada en procesos y patrones naturales. Miles de años de experiencia agrícola han hecho de la irrigación una de las técnicas más sofisticadas de las sociedades agrícolas. El uso de la gravedad para regar los campos requiere un conocimiento preciso, y la armonía entre la naturaleza y una intervención sutil del ser humano puede convertir una ciencia tan seria en una forma de arte, un medio interactivo para construir comunidades e, incluso, una fuerza espiritual.

La tercera categoría de la sabiduría campesina es la fertilización. Es un componente mágico de la agricultura tradicional y un eslabón fundamental que cierra el círculo reutilizando los materiales de la vida humana. Todos los desechos de los humanos y de los animales domésticos, así como la materia vegetal, se reciclan y convierten en fertilizantes. Este ciclo de nutrientes se rompe en nuestros entornos urbanizados e industrializados. Lo que los campesinos llaman fertilizantes se definen hoy como “contaminantes” de nuestros lagos y ríos.

La cuarta categoría de la sabiduría campesina es el cultivo y la cosecha. A diferencia de la plantación y la poda en jardinería, destinadas a crear una forma ornamental agradable, la manera de plantar del campesino se centra en la productividad. La plantación comienza con la siembra de las semillas, y el proceso de gestión sigue el ritmo de la naturaleza como estrategia de adaptación al clima y las condiciones del entorno. Una vez más, la naturaleza autosuficiente de las antiguas economías agrícolas exige que cada hogar cultive diversos productos, como cereales, verduras, fibras, medicinas, frutas, madera, combustible e incluso fertilizantes, de forma proporcional a las necesidades estacionales de la familia y dentro de los límites de la naturaleza y las capacidades humanas. El significado de la cosecha no se limita a la producción de alimentos y productos. Las cosechas son productivas según su capacidad de enriquecer el suelo, purificar el agua y sanear la tierra. En otras palabras, los campos de los campesinos son productores netos, en lugar de consumidores netos, de energía y recursos.

Eso no quiere decir que haya que renunciar a la comodidad de la urbanización y volver a la vida primitiva del campesino. Estas características esenciales del campesinado iluminan la base subyacente a partir de la cual reconstruir las conexiones entre la naturaleza y los deseos humanos, equilibrando los procesos naturales y la intervención cultural, y nos ayudan a recuperar las relaciones armoniosas entre los seres humanos y la naturaleza.

Revivir la antigua sabiduría para crear una infraestructura alternativa
Imaginemos cómo se verían nuestras ciudades si no drenáramos el agua de lluvia con tuberías y bombas, sino que utilizáramos la antigua sabiduría campesina en la preparación de los campos y creáramos una esponja verde en la ciudad que retuviera el agua de lluvia, creara diversos hábitats y recargara el acuífero. Así, los espacios verdes de la ciudad se convierten en una infraestructura ecológica que brinda múltiples servicios al ecosistema que regulan el entorno urbano para que sea resistente a las inundaciones o a las sequías y permite producir agua limpia y alimentos en plena ciudad. La biodiversidad aumentaría de forma espectacular, los residentes urbanos dispondrían de una red verde donde trotar, desplazarse y relajarse, y el valor de los inmuebles aumentaría gracias a la belleza de la naturaleza ¡y el acceso a ella! Eso es lo que hemos intentado hacer en muchas ciudades en los últimos veinte años: transformar la ciudad en una ciudad esponja (ver las figuras 1-4).

Figura 3. El paisaje preexistente del parque Tianjin Qiaoyuan, China.

Figura 4. El parque Tianjin Qiaoyuan, hoy.

Imaginemos cómo se verían nuestras ciudades si abandonáramos los altos y rígidos muros de hormigón contra las inundaciones y, en cambio, reviviéramos la antigua sabiduría campesina y creáramos terrazas con vegetación en las riberas de los ríos que se adaptaran a las subidas y bajadas del caudal. Las soluciones ecológicas, como los estanques y las presas bajas, están diseñadas para ralentizar el flujo de agua y dejar que la naturaleza se tome su tiempo para nutrirse, de modo que se puedan crear diversos hábitats que enriquezcan la vegetación y la vida silvestre, ¡y los nutrientes puedan ser absorbidos por los procesos biológicos! Eso es lo que hemos hecho para transformar los ríos madre de muchas ciudades chinas (ver las figuras 5-10).

Figura 5. Un paisaje resiliente: parque Yanweizhou, ciudad de Jinhua, provincia de Zhejiang, China.

Figura 6. Un paisaje resiliente: parque Yanweizhou, ciudad de Jinhua, provincia de Zhejiang, China.

Figura 7. El paisaje preexistente del parque del humedal Minghu en Liupanshui, provincia de Guizhou, China.

Figura 8. Parque del humedal Minghu en Liupanshui, provincia de Guizhou, China.

Figura 9. El paisaje preexistente del parque Shanghai Houtan, China.

Figura 10. Parque Shanghai Houtan, China.

Imaginemos cómo se verían nuestras ciudades si el agua de los ríos y los lagos, rica en nutrientes (eutrófica), pudiera limpiarse a través del paisaje como un sistema vivo, de la forma en que los campesinos han reciclado los residuos orgánicos, en lugar de utilizar costosas plantas depuradoras para eliminar los nutrientes. Podríamos producir agua limpia y alimentar la exuberante vegetación. Se podría mejorar la biodiversidad autóctona. Podríamos convertir los espacios recreativos en parques urbanos y, así, los parques urbanos podrían convertirse en productores en lugar de consumidores de energía y agua. Eso es lo que hemos hecho para transformar el paisaje en un sistema vivo que medie el agua contaminada (ver las figuras 11 y 12).

Figura 11. Parque Zhongshan Shipyard, Provincia de Guangdong, China.

Figura 12. El paisaje preexistente del parque Zhongshan Shipyard, Provincia de Guangdong, China.

Imaginemos cómo se verían nuestras ciudades si las antiguas zonas industriales ahora abandonadas, y posiblemente contaminadas, se recuperaran mediante los procesos de la naturaleza, si la antigua sabiduría del sistema de estanques y diques se adaptara para crear un terreno que recoja el agua de lluvia (en lugar de desviarla por tuberías), inicie la evolución de una comunidad vegetal y remedie, en el proceso, el suelo contaminado. Al mismo tiempo, las estructuras industriales se conservan como patrimonio cultural de la ciudad. Se crea un paisaje único, con una dinámica vegetación autóctona y un recuerdo palpable del pasado, lo que atrae a los residentes urbanos tanto por su belleza como por la diversa vida silvestre que mantiene en plena ciudad. Esto es lo que hemos hecho en varias ciudades industriales.

Imaginemos cómo se verían nuestras ciudades si volvemos a convertir parte del suelo urbano en paisajes productivos en lugar de en costosos céspedes o jardines ornamentales, de modo que se pueda reducir el transporte de alimentos a larga distancia. Que el arroz, los girasoles, los porotos y las hortalizas se cultiven en la ciudad, que el sol y la luna indiquen el momento de la siembra y la cosecha, que el cambio estacional sea notado por los residentes urbanos, que el proceso de cultivo de alimentos sea conocido por los jóvenes ¡y que se aprecie la belleza de los cultivos! Así, nuestra ciudad no solo será más productiva y sustentable, sino que alimentará una nueva estética y una nueva ética de la tierra y los alimentos.


[1] Ver artículo original en inglés → Traducido especialmente para esta revista por Maite Crosa