Reinventarse

Martín Marcos

sábado, 9 de enero de 2021  |   

El enorme desafío de los museos en la etapa post-COVID.


«Vivir a distancia es vivir menos. El alejamiento que impide la propagación del virus va a transformar nuestros hábitos, y el futuro inmediato se perfila como un paisaje de partículas elementales que se desplazan evitando el roce para situarse en los vértices de una malla regular que marca la distancia de seguridad. En esa distopía vamos a residir por bastante tiempo más…» sostiene Luis Fernández Galiano en el último número de Arquitectura Viva.  

La pandemia y sus consecuencias sanitarias, económicas y sociales exigen repensarse. Y hoy, paradójicamente, volvemos a tener tiempo para pensar, para ir más despacio, valorar cada pequeña experiencia vital y redefinir el sentido mismo de nuestra existencia: cómo queremos vivir y qué valor le damos a la cultura, los vínculos y las relaciones humanas.  

Foto: Albano GarcíaLas crisis provocan un enorme cimbronazo, seguida de una etapa de gran angustia, pero también nos sacan de nuestra zona de confort y exigen pensar distinto. Ser creativos, mirar las cosas desde otro lugar, y darnos la posibilidad de cambiar, de reinventarnos. Creo que eso es lo que va a pasar no solo con los museos sino con todas las instituciones fundantes de nuestra sociedad, de nuestra democracia, de la modernidad. Los formatos cambiarán, los vínculos serán diferentes, las herramientas otras, y los discursos y las narraciones van a ser distintas también. Los museos no van a morir; los públicos volverán a ellos, pero seguramente será de otra manera, con otras formas, cuidados y expectativas.    

Me gustaría plantear cuatro dimensiones para repensar los museos y sus espacios físicos en la etapa post-pandemia:

1. Lo virtual y lo real; 
2. Nuevas miradas y narraciones; 
3. La comunidad y los vínculos; 
4. Infiltrar el espacio urbano.    

Hablar de post-pandemia es seguramente inaugurar una época en que siempre viviremos en riesgos pre o post pandemias u otras catástrofes. Esa parece ser la nueva normalidad. Claramente nuestra generación será la primera en pagar con sus cuerpos las décadas de despilfarro e insensatez ambiental, económica y social. Ya estamos marcados...    

Lo virtual y lo presencial no debe plantearse como lo uno o lo otro, prefiero pensar las formas futuras del museo integrando y potenciando ambas dimensiones. Lo virtual es un nuevo espacio social, un nuevo espacio público que genera desafíos, oportunidades y amenazas. Más allá de todo lo que pueda ofrecer la virtualidad, el arte tiene una cualidad casi ontológica que lo liga a la experiencia presencial de las obras, y ésta es en gran medida ineludible. En síntesis, por un lado está la necesidad de cuidar esa experiencia vivencial, y por el otro pensar desde qué lugar la digitalidad puede sumar constructivamente a la experiencia artística y la convocatoria de otros públicos.   

Será necesario atraerlos con nuevas historias, con narraciones que tengan que ver con este tiempo, con estos desafíos y encrucijadas. A partir de allí ser todos parte de un colectivo, de una comunidad que asume protagonismo e imagina respuestas para un futuro que es tan incierto. ¿Dónde puede aportar un museo hoy? Un buen museo es aquel que después de una visita nos deja con más preguntas que las que teníamos antes de entrar, que moviliza curiosidades y motiva expectativas. Que genera una cierta incomodidad, evidenciando desde el arte y la curaduría esos temas que preferimos ignorar o no mirar. Eso que el poder y el establishment prefieren barrer debajo de la alfombra. Ese es nuestro desafío hoy; hay que hacerlo y hacerlo bien.  

Una de las metas sobre la que coinciden la mayoría de los expertos del mundo es que los museos de objetos tienen que convertirse en museos de ideas, de significaciones, de experiencias. También deberán, en esta línea, reciclarse urgentemente ciertas formas del mundo del arte, donde el espectáculo, los negocios, la masividad y el marketing fueron tiñendo casi todo de banalidad, cinismo e impostura, haciendo que la cultura pierda espesor intelectual y crítico. La arquitectura de haute couture y sus condescendientes comentaristas han sido bastantes cómplices, mal que nos pese. 

En estos tiempos de distanciamiento físico, debemos proponernos un nuevo tipo de acercamiento social, intensificar nuestra labor en las plataformas digitales siendo creativos e innovadores, pero responsables. Somos instituciones culturales públicas, no podemos caer en la frivolidad de subirnos a una alocada carrera virtual, en busca de los «me gusta» fáciles. Incorporar el humor y un lenguaje amplio no significa banalizar, pero el riesgo está ahí y la línea es muy delgada. La película The Square (Ruben Ostlund. Suecia, 2017) ya nos ha advertido sobre esas tentaciones y las consecuencias de ir en busca, a cualquier precio, de un alto impacto en redes sociales. Debemos reflexionar con nuestras comunidades sobre cómo construimos e incrementamos esos nuevos vínculos, cómo nos vamos a cuidar y cómo ser mejores y más co-partícipes.   

Un formato que ya no puede eludirse es sacar los museos a la calle e infiltrar el tejido urbano. Nuestros espacios al aire libre serán fundamentales, habrá que llenarlos de propuestas y actividades. Música, teatro, performances, instalaciones, mapping y un dialogo sinérgico y movilizador entre patrimonio y contemporaneidad para que la vereda, la calle y el espacio público vuelvan a generar motivos de encuentros, de cruces y vínculos humanos. Donde volvamos a mirar al otro, al diferente, y nos unamos y sumerjamos en una misma experiencia artística. ¡No puedo dejar de pensar en el MASP de Lina Bo Bardi, en Sao Paulo, y esa maravillosa explanada pública!  

Cuando volvamos al museo debemos hacer una contribución para ayudar a generar confianza, vencer el miedo al otro, revalorizar el espacio compartido y el contacto háptico. Seguramente iremos despacio, con cuidados, sin multitudes, sin apuros. El planeta nos pide que vayamos más pausadamente, más amablemente y con mayor solidaridad. Allí nuestros jardines, patios y espacios a cielo abierto serán grandes aliados. Ya estamos pensando cómo potenciarlos. También habrá que hacer un esfuerzo para incorporar más fuertemente tecnologías de la información y las comunicaciones. Visitas virtuales, realidad aumentada y/o virtual, recorridos guiados 360º, serán parte de esos desafíos, y de los riesgos que deberemos tomar. El mundo seguirá teniendo riesgos y es bueno que así sea. Un buen museo también debe reflexionar sobre los riesgos, los errores, la libertad, los prejuicios y la solidaridad. Miradas y modos de ver que inevitablemente devienen preguntas, algunas placenteras, otras incómodas... Lo que el buen arte ha hecho siempre, en cada época y situación.

En 2010, pocos meses antes de morir, Tony Judt, uno de los ensayistas más lúcidos de los últimos tiempos, nos dejó un libro que desde su título ya nos advertía: «Algo va mal».[1] Con inteligentes y demoledores argumentos nos avisó, y pocos lo escucharon: «Hay algo profundamente erróneo en la forma que vivimos hoy. El estilo egoísta de la vida contemporánea, que nos resulta ‘natural’ y también la retórica que lo acompaña (una admiración acrítica hacia los mercados no regulados, el desprecio por el sector público, la ilusión del crecimiento indefinido), se remontan tan solo a la década de los ochenta. En los últimos treinta años hemos hecho una virtud de la búsqueda del beneficio material, hasta el punto de que eso es todo lo que queda de nuestro sentido de un propósito colectivo». Recientemente el documental American Factory, no casualmente producido por el matrimonio Obama, nos desconcierta y angustia porque ahora, una década después, ¡casi todo está peor!   

Hoy nuestros cuerpos y nuestra propia concepción de ciudadanía sufren las consecuencias. ¿Será fácil la nueva normalidad? No lo creo. Seguramente, si queremos honestamente cambiar algo, será muy difícil, una tarea casi heroica, pero si fuera fácil no haría falta de nosotros. Ahora bien, ¿estaremos a tiempo… estaremos a la altura? Para eso no tengo respuestas aun, solo sé que, mientras tanto, los museos y el arte deben seguir provocándonos hasta que reaccionemos. 


[1] Tony Judt. Algo va mal. Ed. Taurus, 2010.